Crítica cine: Piercing (2018)

 

Un hombre de familia desea matar a una prostituta y lo planifica, sin saber que el encuentro tendrá varias sorpresas.

Dirigida por: Nicolas Pesce.

Protagonizada por: Mia Wasikowska, Marin Ireland, Christopher Abbott, Laia Costa, Maria Dizzia, Wendell Pierce, Olivia Bond, Dakota Lustick.

País: Estados Unidos.

Género: Thriller, horror, comedia.

Duración: 81 minutos.

Creo que una película con una historia interesante y digerible no tiene necesidad de explicar a sus personajes. Ni siquiera cuando se trata de historias carentes de lógica. Lo importante siempre es lograr que esa narración hecha en forma audiovisual y condensada en poco más de una hora sirva para que entendamos el propósito de un director. El problema se presenta cuando se confía demasiado en la transparencia supuesta de un primer acto y esa deconstrucción termina por no funcionar bien del todo. Piercing no es de esas películas cuya historia trasciende más allá de la ironía del conflicto que propone. No deja de ser interesante pero tampoco implica un interés inevitable por sus dos protagonistas extraños y difíciles de entender. Con su debut, Nicolas Pesce me había hipnotizado. Con Piercing se jacta de un estilo que domina pero se queda corto a la hora de salirse del molde de misterio sin razón. Nos obliga a aceptar una versión en caricatura de nuestra peor facultad. No es fácil.

Con un inicio extraño, Piercing nos lleva por una noche en una ciudad irreconocible. Pocos elementos se pueden identificar lo que saca a nuestro protagonista del contexto normal. Es un hombre de familia que un día decide salir a matar a una prostituta. Su plan es llevado a cabo con suma meticulosidad. Ensaya el asesinato y dramatiza su propia reacción. En una habitación de hotel recibe a su potencial víctima que resulta ser una mujer perturbada por algo desconocido. Cuando ella se mutila a sí misma, el hombre se sale de su misión para salvarla y empieza a descubrir el enigma. La noche esconde muchos misterios y un secreto mucho más horrible que la intención de asesinar a una mujer indefensa.

Piercing nos transporta a esa noche de forma expresa sin dar mucha justificación de por qué esto ocurre. Hay un backstory, un fondo, que revelado en un segundo acto confuso confirma que hay algo detrás de lo que ocurre en la cabeza del hombre perturbado. Secuencias sin sentido y disonantes nos llevan a ese pasado que lo llevó hasta ahí. Cuando finalmente entendemos el por qué del dilema y todos los factores en relación, la película tampoco toma el camino correcto. Prefiere limitarse a explorar a un personaje disperso que se convierte en principal por lo siniestro de su imagen y no porque realmente sabemos qué quiere hacer. Esta discusión entre Pesce y el propósito de su película, es intensa y valiosa, una con la que confirma su carácter de director de cine de historias emocionalmente pesadas y nunca orientadas a un acto de moral positiva.

Disfruté Piercing en ocasiones. En otras me aburrí buscando una solución a un conflicto que parecía interesante en un principio pero terminó siendo una comparación de un ambiente con una emoción. Aquello que manejó Scorsese de forma magistral en After Hours, aquí se traduce en un estilo que parece poco sincronizado con la película. El objetivo final debería ser claro y Pesce prefiere terminar la película en un momento poco explícito y rotundo. No conozco su verdadera meta con Piercing y no creo que la descubra. Pero como con The eyes of my mother, hay cosas que simplemente deben quedar enterradas en un silencio incómodo, o en un foso sin acceso.

Calificación: **1/2

Un trailer

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