Crítica cine: Punch-Drunk Love (2002)

Odisea romántica al estilo intenso y peculiar de uno de los directores más importantes de la era moderna.

Dirigida por: Paul Thomas Anderson.

Protagonizada por: Adam Sandler, Emily Watson, Philip Seymour Hoffman, Luis Guzmán, Mary Lynn Rajskub, David Schrempf, Seann Conway, Rico Bueno, Hazel Mailloux, Julie Hermelin, Jorge Barahona, Julius Steuer, Ernesto Quintero.

País: Estados Unidos, Reino Unido.

Género: Drama, romance.

Duración: 89 minutos.

Paul Thomas Anderson, en su cualidad de cineaste de estilo propio y de lenguaje cinemático impecable, no suele alojarse en conflictos emocionales optimistas. No es un director de películas “felices” y una de las cosas que suele utilizar es el agresivo tercer acto de declive, de caída a lo más bajo, y de redención inevitable. No recuerdo una de sus películas que haya utilizado estructuras comunes y cuyo conflicto sea de fórmulas esperadas. Así lo queremos y así necesitamos que se mantenga.

Nunca vi Punch-Drunk Love. Nunca me había tomado el tiempo necesario para perdonar a Adam Sandler por unos minutos e intentar ver lo que seguramente sería una película distinta para el actor. Y creo que todo ocurre por una razón. Nunca fui de los que corre a ver una película porque se supone que es de un director específico. Veo lo que quiero. Siempre. Y Punch-Drunk Love no me llamó la atención nunca, hasta hace un par de días que decidí explorar ese lado distinto y de corta duración que Anderson mostró a principios de su carrera. Y pocas veces el cine me sorprende generando sonrisas, y admisiones de victoria para personajes interpretados por actores que no me gustan. Buen trabajo de Anderson, y mención especial a Sandler.

En esta encantadora historia de amor, el escenario es pequeño, humilde y poco agraciado. Barry, un joven ejecutivo posee una empresa que vende artículos para baños. Pasa sus días buscando como superar repentinos ataques de ansiedad, la violencia verbal por parte de sus hermanas, y extraños eventos que ocurren fuera de su oficina. Una noche, mientras la soledad lo invade, se atreve a hacer algo distinto. Una llamada a una hotline lo expone a estafadores, que no parece ser de la gama que suponga una amenaza. Un encuentro arreglado lo lleva a conocer a Lena, una mujer adorable que parece ser la compañera ideal. Pero los pequeños errores vuelven. Esa llamada le puede salir muy caro y sobre todo, puede representar un peligro para la pequeña relación que entabla con Lena.

Punch-Drunk Love nunca intenta ser la ultra dramática historia de un personaje que quizás se merece cosas distintas. Barry es una víctima del sistema que alguien ideó para él, y su zona de confort está rodeada por bloques irrompibles. La única forma de salir es la violencia desmedida que la reacción trae consigo. En dos oportunidades actúa en contra de lo que lo somete. El efecto logrado es distinto. En una de esas oportunidades, no podemos evitar sentir lástima. Y en la otra no podemos evitar aplaudir. Este es un despertar que no tenía que tardar demasiado y sí, quizás es algo cliché que la mujer de sus sueños sea quien le motive a actuar de esa manera.

Pero Anderson no se esmera demasiado en justificar el conflicto porque necesita que Barry sea analizado y perdonado. Anderson nos pide que lo aceptemos y lo acompañemos en este laberinto cuya salida está en las manos de una mujer que tampoco sabe que se encontró con el amor de su vida. Sus escenas juntos son un descubrimiento esencial para quiénes no solemos gustar de las películas románticas. Barry es un tonto perdonable que no sabe qué hacer cuando se encuentra con el amor. Y si pareciera que hace cosas absurdas, no creo que sea el único. A veces, el estar enamorados nos lleva a hacer cosas como esas.

Calificación: ***

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