Crítica cine: Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)

Joel desea olvidar a su novia, y se somete a un tratamiento de borrado de memoria cuando se entera de que ella hizo lo mismo.

Dirigida por: Michel Gondry.

Protagonizada por: Jim Carrey, Kate Winslet, Kirsten Dunst, Mark Ruffalo, Elijah Wood, Tom Wilkinson, Thomas Jay Ryan, Gerry Robert Byrne, Jane Adams, David Cross, Ryan Whitney.

País: Estados Unidos.

Género: Drama, romance, ciencia ficción.

Duración: 108  minutos.

Si tuviéramos que enumerar los estilos que se abordan en las películas que de alguna forma muestran una relación amorosa, nos bastarían los dedos de las manos. Fuera del típico “dramón” pesado con estrellas de Hollywood, el sellado por Hallmark amor que se soluciona en 90 minutos, o la comedia romántica sin calidad alguna, la industria no se destaca por romper esquemas o fórmulas. Es una de las derivaciones más cómodas del cine, y aunque en algunas ocasiones, esa falta de motivación funcione (generalmente la química de personajes ayuda), la realidad que nos pega al salir del cine nos lleva a considerar la experiencia como superflua, banal, y hasta ridícula. Ese tipo de cine no se queda con uno.

Y creo que el secreto de Michel Gondry para presentar Eternal Sunshine of the Spotless Mind y generar el éxito inesperado fue salirse de la cúpula de lo común, con una historia que habla mucho de lo que somos. Aunque el elemento de ficción, casi sobrenatural, que la película usa en todo momento sea esencial, casi quince años más tarde Eternal Sunshine of the Spotless Mind es una grata oportunidad de ver la segunda capa que Gondry almacena en el desarrollo de sus personajes en un escenario magnífico. Esta película cuenta mucho sobre lo que somos.

Escrita por Charlie Kaufman, considerado de los mejores guionistas de la historia, Eternal Sunshine of the Spotless Mind nos cuenta la historia del efecto de un despecho moderado pero amplificado por una personalidad. Joel Barish (Jim Carrey en una de las interpretaciones más importantes de su carrera), quiere olvidar a Clementine, esa chica que aparentemente conoció por pura casualidad, de la que se enamoró perdidamente y a quien perdió de forma repentina. Para sacársela de la mente, recurre a un método tan literal que al principio parece increíble. Pero a Clementine le funcionó. Así es como Joel se somete a un tratamiento por medio del cual, el recuerdo será borrado. Este viaje por la mente de un hombre atormentado por el fracaso emocional, y por las vidas de quiénes están detrás de su soberbio tratamiento, conforma Eternal Sunshine of the Spotless Mind.

Gondry utiliza el recurso del estilo original que lo caracteriza, encuentra orden en el desorden, y forma una película de movimientos agresivos en la escena y edición admirable. A veces pareciera que Gondry es demasiado literal, pero todo vale la pena en su película. No hay una sola cosa que se sienta como un adorno, una adición innecesaria. Eternal Sunshine of the Spotless Mind es una colección de eventos que reflejan de forma más honesta lo que todos pensamos cuando hablamos de amor, el que nos responde y el que no. Acá no se pintan las paredes de rosa, ni la música nos parece conmovedora. La sensación general de tristeza inunda una escena final que nos somete a pensar en las oportunidades que se perdieron por tan solo suponer.

Me tomé mucho tiempo para verla de nuevo. Lo sé. Pero sabía que había algo más que efectos especiales que nutrían a la trama. Esta travesía es tan relevante como me había imaginado que sería si traducía lo que su director y guionista me querían contar: el amor no se supone que debe ser perfecto, a veces ni siquiera existe, y el recuerdo es un libro de enseñanza mucho más importante del que imaginamos.

Calificación: ****

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