Crítica cine: Friday the 13th (1980)

El inicio de todo: adolescentes que pasan la noche en el campamento Crystal Lake y algo empieza a matarlos.

Dirigida por: Sean S. Cunningham.

Protagonizada por: Betsy Palmer, Adrienne King, Harry Crosby, Laurie Bartram, Kevin Bacon, Robbi Morgan, Mark Nelson, Peter Brouwer, Rex Everhart, Ronn Carroll, Walt Gorney, Willie Adams, Debra S. Hayes, Sally Anne Golden.

País: Estados Unidos.

Género: Horror.

Duración: 95 minutos.

Friday the 13th fue una película que no cambió las reglas. Es bastante genérica en su formato, y hay poco que hoy se pueda discutir fuera del legado que impuso y que todavía continúa. Asesinatos horribles que siguen una pauta de acecho en primera persona que Carpenter había logrado con Halloween, una música que avecinaba el peligro al estilo de Jaws, y una revelación final que dista de ser un twist. Hoy solo se ve como algo arriesgado y no mucho más. En Hollywood no había una práctica común para esconder la cara real del asesino. Y Friday the 13th plantea el peligro noble. Dudo que alguno no haya visto la película pero por respeto, se mantiene el secreto.

Evaluarla sin irse a la época es poco objetivo. Se trata de un año en el que el horror no había tenido triunfos notables. La segunda parte de Star Wars dominaba los cines y el director Sean S. Cunningham iba buscando alguien que confiara en su idea. De hecho publicó un aviso en el diario publicitando la película y todavía no había rodado nada. De alguna forma lo logra, y reúne a un grupo distinguido detrás de las cámaras y trabaja con lo que puede adelante de las mismas. El resultado está en una colección de escenas violentas que radican en un tercer acto que parece justificarlo todo. Ese sitio, el campamenteo Crystal Lake tiene una maldición, y se materializa de la forma más noble que podemos imaginar. En manos de una chica (no tan inocente, así que el formato de “virgen” no necesariamente aplicaba) esta el sobrevivir a una noche de secretos descubiertos.

Y aunque Friday the 13th cargue con orgullo su bandera como película de horror “stand alone”, es difícil no reconocer su propiedad de disparo de franquicia. Apenas un año después se hacía la secuela que copiaba algo de la formula y lo solidificaba en forma de ese villano que tanto recordamos. Pero en el origen esta todo. Esa música familiar con una respiración y una frase editada para que fuera un patrón reconocible por décadas. Un final horrible que prácticamente nos hacia voltear lo que fuera que tuviéramos en la mano. Y el miedo incondicional a los campamentos en donde había que pasar la noche.

Cunningham tuvo una visión particular y la llevó a cabo a través de una película poco original, y con un acto medio que es puro descarte de carne. Es un despliegue de talento para un Tom Savini que empezaba a mostrarse en la industria y quien sentenció con ese monstruo final que todavía, cuarenta años después, sigue siendo un elemento icónico en el cine de slashers. No es un resultado perfecto y poco puede asemejarse a eso en lo que se basó el director para filmar su película. Pero es muy importante la definición de lo que fue la familia Vorhees desde su concepción como un desafortunado núcleo que nunca pudo vengarse de esa indecencia que causó la muerte de un chico. A pesar de que ha sido considerada como una vulgar película de violencia gratuita, hay algo en ese centro dramático que no es menor. Algo que nunca perdió valor en el campo del horror: La necesidad de venganza no tiene fecha de vencimiento.

Calificación: **1/2

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