Crítica cine: Killing Ground (2016)

Una pareja se va a acampar a una zona remota y ocurre lo que pasa siempre.

Dirigida por: Damien Power.

Protagonizada por: Aaron Pedersen, Stephen Hunter, Harriet Dyer, Ian Meadows, Tiarnie Coupland, Maya Stange, Mitzi Ruhlmann, Julian Garner, Michael Knott, Aaron Glenane, Tara Jade Borg.

País: Australia.

Género: Thriller, horror.

Duración: 88 minutos.

Quizás parezca una sorpresa para algunos, pero con el pasar de los años he perdido cierto cariño por un particular cine de horror. Es algo de lo que me alejo cada vez que puedo y definitivamente no disfruto como antes. Se trata de ese subgénero en el que la crudeza es gratuita y alguien infringe daño sobre otro sin compasión y sin justificación. Es algo que ya no considero cinemático ni justificable de alguna manera. Por supuesto que la ejecución es esencial para poder decidir esto. Pero son cambios que no me parecen malos. Es algo tan personal que ni siquiera lo cuestiono. Décadas de curarme en el tema me permite valorar más allá de decisiones de directores cuya sensibilidad y tratamiento apuntan al realismo extremo, sin importar el efecto en la historia. El espectador es un elemento adicional que nunca debería determinar la decisión de un artista.

Por eso puedo reconocer puntualmente el valor de Killing Ground como una versión iterativa de algo que ya hemos visto antes, con sus fallas y logros. Una historia completamente sencilla nos lleva a un hermoso lugar en Australia en el que los sonidos son naturales, y los personajes parecen nunca haber visto una película de horror, sobre todo proveniente de ese país. Dos familias se encuentran acampando en un bosque con lagos y cataratas. Son tiempos distintos. Los que se ubican en la actualidad divisan a un niño perdido quien todavía no puede siquiera hablar. Deciden recogerlo y llevarlo a las autoridades. Nuestra otra familia es la de este niño, quienes parecen haber sido víctimas de dos cazadores con poca planificación, y con una característica irracional de depredadores. Para nuestros “héroes” no será tan fácil salir de este sitio.

Pero Killing Ground no sale de la escena de brutalidad física como punto de partida para una persecución que parece ser eterna. Es una película que se desarrolla con las probabilidades bajísimas de que esto pueda ocurrir en la actualidad con tanto desarrollo tecnológico. Sin embargo, no es algo que pensemos automáticamente. El horror no está en lo que la película causa en el incrédulo espectador. Ni siquiera está en el efecto de eso que mencionaba antes: la violencia sin escrúpulos en una escena pivote. El horror es mucho más orientado al sentido de supervivencia, a la dualidad de una decisión de salvar a nuestra familia o seguir adelante. En este dilema, Killing Ground se mueve con facilidad y al menos lo propone como un insight, lo cual es prácticamente inexistente en el cine de género.

De la misma alcurnia que Wolf Creek, Killing Ground es un repaso que no necesitaba. Una visita al pasado de hace un par de años que no quería lograr. Prefiero quedarme con los clásicos que hoy inspiran a estas películas. No disfruto lo que hoy en día se hace con las decisiones de mostrar aquello que no considero necesario. En días recientes alguien me dijo que una escena horrible era efectiva porque me pareció desagradable. Y quizás sí, quizás la intención es esa y no la comparto. En mi caso prefiero alejarme de estas posibilidades y mantener a Australia como el país que en las películas es recóndito, desarrollado y con animales venenosos. No voy a ver Killing Ground más nunca, pero esto no significa que sea una mala película. Al contrario. Disfrutenla si pueden.

Calificación: **1/2

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